8 ene 2010

Happy birthday King!


"Hey now, if your baby leaves you, and you got a tale to tell, just take a walk down lonely street to the Heartbreak Hotel".

6 ene 2010

Rosas rojas

“Con papá nos enamoramos con Así y Penumbras”, dijo mi madre apenas levantar el teléfono. “Imaginate si lo siento”.

En la TV, la seguidilla de títulos en letra roja y semi-catástrofe decía lo indecible. El tipo de los cabellos renegridos y la boca irremediablemente seductora, el muchacho del cuerpo prodigioso y las caderas serpenteantes como un látigo sobre el escenario, el último de los feroces amantes latinos de la imaginería popular, se había ido.


Roberto Sánchez vivía en Banfield y, de chicos, con mi hermano escuchábamos a menudo la frase ‘'Esa es la casa de Sandro”, cuando pasábamos por allí con el auto durante algún paseo familiar de domingo. La hambrienta curiosidad de aquellos años, de aquellos dos niños, era sistemáticamente desairada cada vez por ese colosal paredón revestido en piedritas claras; por esa puerta diminuta detrás de la cual, suponíamos, estaba ese tipo al cual veíamos en la tele, que cantaba la frenética ‘Rosa Rosa’ –que es también el nombre de nuestra abuela-, y al que las mujeres le tiraban bombachas.

Sandro de América era también Sandro de Zona Sur. Siempre supimos que había nacido en Valentín Alsina -cerca de donde nuestro abuelo había vivivo su infancia-, que su cara estaba pintada en la estación de trenes de Banfield junto con la de Roberto Arlt, que era vecino del ‘Tío Raúl’.
Una madrugada a comienzos de los ‘80, mientras volvíamos los cuatro en el auto a nuestra casa de Llavallol, después de esas adorables y mágicas recorridas porteñas de sábado por la noche que mis padres –tan jóvenes en ese entonces- compartían con nosotros, en la esquina de Marcelo T. de Alvear y 9 de Julio (imposible olvidarlo) un soberbio auto negro avanzó media cuadra en contramano y, a toda velocidad, logró ubicarse al lado nuestro sobre la gran avenida, a la espera de la luz verde en el semáforo.
Sorprendida por la maniobra, mi madre giró atónita su mirada hacia el vehículo, para descubrir que en él iba, escapándole a sus fans tras una función en el Teatro Coliseo, Sandro. “Chicos, miren; miren quién va ahí”, nos dijo. Desde el auto vecino, la oscura ventanilla comenzó a descender. Amablemente, una mano amplia y gentil apareció tras el vidrio negruzco, y se agitó para saludarnos. Era ÉL; era el señor aquel que vivía en la casa de Banfield, el famoso destinatario de la ropa interior femenina, el que hablaba de costado y nos parecía un genio cuando cantaba la canción con el nombre de la abuela. Yo contemplaba la escena, extasiada. Mi hermano dormía desde hacía rato al lado mío, en el asiento de atrás.

Muchos años después, con Walter y Leo esperábamos ansiosos la repetición de sus películas, esos domingos por la tarde en los que la adolescencia sólo nos permitía juntarnos para charlar entre amigos y mirar la tele. Nuestra preferida siempre fue ‘MUCHACHO’, la historia de un chico sencillo y su abuela (la ‘Capitana’, Olinda Bozán), filmada enteramente en las islas de Tigre.

En 2007, con Charly, Marcela y Aníbal, nos inventamos –porque sí- una fiesta, para su cumpleaños. La consigna era ir vestido ‘como el Gitano’ y tener a mano en la memoria los mejores momentos –según el criterio de cada invitado- de su carrera, pero la noche fue un diluvio y finalmente el emprendimiento resultó un verdadero fracaso. Para vengarnos, con Charly nos fuimos al día siguiente hasta su casa. Era agosto y la calle Berutti lucía los pasacalles de sus fans, con ese amor de delirio y todos los buenos deseos de siempre. Esa tarde soleada bajamos del auto, caminamos por su barrio y merendamos con sandwichitos de miga de la cercana confitería Las Vegas; ‘la confitería del ídolo’, bromeamos. Ayer, frente al televisor, me enteré que, en efecto, Las Vegas era su confitería preferida.

Sólo lo odié cuando en los ’90 le arrebató a Soda Stereo el récord de funciones continuas en el teatro Gran Rex (Soda: 14, Sandro: 18). Pero en realidad, casi sin conocerlo, lo quise.
Lo quise porque fue como Elvis. Lo quise por su alma de rock. Lo quise por esa fuerza y ese arrebato animal que contagiaba. Lo quise porque fue un leonino empedernido. Lo quise porque le gustaba a todas; a la señora bien, y a su mucama. Lo quise por su humor, porque fue tan cool como pocos. Lo quise por su bata roja y su vaso de whisky. Lo quise por ese vibrato ratonero de su voz.

Lo quise, porque siempre lo tuve cerca. Lo quise porque era del Sur.


Foto: Telam [gracias Marce].