12 sept 2009

El rock, en primera persona (y siete años después)

Una noche de verano angelino en 2002, sonó el teléfono en mi casa de Cherokee Avenue en Hollywood y del otro lado de la línea estaba Ernesto Lechner, con una propuesta que no pude resistir.

Siempre hábil, Lechner me convenció de escribir un texto que hablara del rock argentino, para ser incluido en el anuario de la edición 2002 de los premios Grammy, que él supervisaba y que ese año tenía un inusual número de compatriotas nominados.

El pedido -y su obvia relevancia- se convirtieron en una pesadilla que me torturó inevitablemente durante dos semanas, hasta que la madrugada anterior a la fecha de entrega, este texto que figura a continuación brotó inexplicablemente de mis manos frente al teclado, rápido, seguro, inequívoco y en primera persona.

Siete años después, desafortunadamente, no sé cómo continuaría este texto, si debiera adaptarlo a 2009. Por lo pronto, vale la pena volver a 2002 y leerlo:


Yo soy el rock

por Valeria Agis


Como si no hubiese sido suficiente con la pasión heredada del fútbol, del tango, de ese fervor de calles húmedas y ese pasado de destierro, los dioses –o los demonios- le dieron a la Argentina uno de sus amores más tormentosos y embriagantes en su historia de las últimas décadas: yo, el rock.

Como sucede con esa clase de romances tórridos y novelescos, de los que cualquier alma se siente incapaz de librarse, nadie sabe con demasiada precisión quién fue el primero en caer rendido a mis pies; cómo empezó todo, cuándo, por qué... Demasiadas preguntas para tanto sentimiento, no hay que olvidar que la pasión y la música no tenemos respuestas.
Lo cierto es que así, en un escondido bar del barrio porteño de Once llamado -no en vano- La Cueva, en la oscuridad de la ya difunta Sala Apolo, o a la intemperie de la céntrica Plaza Francia, mi idilio con las pampas comenzó a mediados de los ‘60, en un país irremediablemente ardiente como para obviarme, negarme, dejarme pasar desapercibido.

Los primeros, aquellos que cedieron y se entregaron inmediatamente al hechizo, fueron quienes hoy se erigen en el altar de todo rockero que se precie como auténticas divinidades del paraíso sonoro, próceres en la conquista de mi espíritu, un territorio hasta entonces inexplorado en tierras sureñas.
Yo le di a Moris esa voz áspera e inconfundible, inspiré el clásico Jugo de tomate frío del trío Manal, convertí en mito a Tanguito (un pobre tipo al que una temprana muerte –más que sus canciones- lo erigieron a la categoría de semidiós) y reuní a Los Gatos para que acuñaran en mi nombre el primer hit de la historia del rock argentino; ‘Construiré una balsa y me iré a naufragar’: La balsa.

No todo fue fácil. Los tiempos vinieron duros en los ‘70, y ese juego de la música, la rebeldía del hippismo, la vida de bar en bar y tantos otros ideales rosados sobre los que muchos habían construido mis bases, se transformó en ‘insubordinación’ ante los ojos negros de la dictadura. Por eso las melodías fueron catarsis en aquellos años, y me plagaron de protesta, de reproches, de censura.
Me volví un rock de alegría reprobada, de corridas, de desaparecidos, de pelo corto y ‘prolijidad’ malentendida y a la fuerza. Entonces, harto del terror de mis detractores, le regalé a los no tan rockeros Pedro y Pablo aquello de “Bronca cuando se hacen moralistas, y entran a correr a los artistas. Bronca sin fusiles y sin bombas, bronca con los dos dedos en V”, y a mi querido Charly García -todavía adolescente como pocos- el 'Botas locas' que ningún militar supo percibir como alusión al régimen porque, después de todo, hay que ser algo perspicaz para entender mi idioma.

Afortunadamente, en esa época tan cargada de odios parí también a uno de mis hijos más amados, una de las perlas más exquisitas y mejor cultivadas de mi mar de amores, y quien inscribió en mi memoria a esa Muchacha ojos de papel que hasta hoy todos cantan pero pocos conocen tan íntimamente como yo: Luis Alberto Spinetta, El Flaco, el poeta, el sabio.

Después sobrevino la guerra, y las islas Malvinas pasaron a llamarse Falkland, y los militares cayeron; pero yo gané, a mi manera, mi propia batalla. Entonces volvió la democracia, y en el horizonte amaneció una nueva década con soplos de cambios. Bienaventurados aquellos que fueron adolescentes en los ‘80, porque ellos vivieron mi fiesta, sintieron como pocos mi baile, liberaron sus cabelleras con “esos raros peinados nuevos” y fueron testigos de mi mejor momento, “los grandes hitos del rock argentino”.

En esos años conocí a un tal Miguel Mateos, que cantaba “quiero votar un presidente, quiero un país muy, muy diferente”. Le susurré al oído a los hermanos Moura el profético nombre “Virus” para una banda que perdería años después a su líder a causa del sida, y le di amor a Miguel Abuelo un Lunes por la madrugada que después se transformó en un himno.

En los ‘80 me disfracé de diva y me calcé los tacos altos con Fabiana Cantilo y Celeste Carballo, consolé con ginebra al siempre melancólico y foráneo Luca Prodan de Sumo, saqué a Fito Páez de su Rosario natal y lo llevé a pasear por la gran ciudad, y logré, definitivamente, mis dos mejores creaciones hasta hoy, las dos bandas argentinas más grandes de todos los tiempos, rivales eternos y, a la vez, partes indivisibles ambas del mismo espíritu: Soda Stereo y Los Redonditos de Ricota.

A Soda le debo mis mejores días, mis noches más fervientes dentro y fuera de estas fronteras. Con ellos crecí y conquisté almas en Latinoamérica, me desperté de un letargo de emociones simplistas y redimí largamente mis culpas, aquello de que el rock está ligado únicamente a los bajos instintos. A la paradisíaca voz de Gustavo Cerati le adeudo parte del poder que todavía hoy ejerzo en millones de treintañeros, y a su vez él me debe a mí ese glamour elegante y siempre visionario que sólo tienen los que elijo como mis más cercanos discípulos.

Con Los Redondos llené bares y después reventé estadios. Moví a las masas en caravanas febriles de un lado al otro, tuve sangre, sudor y lágrimas, y me destilé en poesía urbana hasta la última gota, para que la bebieran las generaciones de músicos que vinieron después.

Y cuando las luces de los eufóricos ‘80 se apagaron, un poco antes de que Soda y Serú Girán y Sumo y Los Redondos fueran un recuerdo, me dejé llevar por la furia de Divididos, por el reggae casual e irreverente de Los Pericos, por la musicalidad y la improvisación ska-jazzera de Los Fabulosos Cadillacs y por el funk hiphopero de Illia Kuryaki and the Valderramas. Me sentí Mick Jagger en los labios de Juanse y sus Ratones Paranoicos y me fui de viaje en el siempre eterno viaje de Charly García.

En los últimos tiempos, creo que malogré un poco de aquella gloria de antaño. Se me agotaron algunas palabras, perdí fragmentos de poesía por el camino, sucumbí en parte a la crisis que me rodea. Pero no me caigo y me aferro desesperadamente a aquellos, como Babasónicos, como Los Piojos y Catupecu Machu; como Fito, como el Indio, como Calamaro, Cerati o Spinetta, que todavía, cada uno a su forma, tienen cosas por decir y juntan miles de cuerpos en mi honor, en mi nombre.

Miro atrás y hoy soy para muchos esas madrugadas sobre la desértica y bonaerense Avenida del Libertador, esperando ese bondi, que los deje lo más cerca posible de casa. Soy esas mañanas de desayunos desvelados después de algún concierto, esas tardes de verano encerrado con amigos escuchando en una habitación el último disco del grupo de turno hasta que las paredes y los vecinos digan basta, y soy todas y cada una de esas noches largas, extremadamente largas como para tener más recuerdos de ellas.

Estoy menos brillante, sí, pero guardo en mí el sabor de la madurez y la descarnada esencia de la juventud. Entonces no soy vanidoso si me doy fuerzas y -parafraseando al himno de este país, que cayó en las garras de mi pasión para alimentarme- me digo a mí mismo: “Al gran rock argentino, salud”.


16 de julio de 2002.-

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