
‘In the white room with black curtains near the station’. Eric Clapton canta como pocos este impresionante clásico de 1968, White Room, que habla de alguien ‘que espera’ –no en la mayor de las sobriedades- cerca de una estación ‘donde las sombras huyen de sí mismas’.
Lo escuché cantar mil veces cuando era chica (sin entender nada de su letra pero cautivada por el poder de ese sonido), cuando mi tío ponía Cream en vinilo, en su bandeja Technics deluxe que giraba deliciosa e imperceptiblemente ante mi maravilla, ayudándome a hilar desde entonces esta irrevocable pasión por la música.
Treinta años después, es lunes por la noche de una semana particularmente difícil y desesperanzada. Y ahí, en mi cuarto blanco y con mi sombra huyendo de sí misma, aparece todo de vuelta. Clapton, Bruce y Baker brotan en la pantalla de la TV, parados sobre el escenario del Royal Albert Hall de Londres en 2005, reunidos, rockeando a sus sesenta y pico, como ninguno de veinte o treinta lo hace hoy en día.
Una real metáfora de la pasión encendida, impecable, aún adorablemente viva, pese a todo.
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